¿Es posible, mi amadísimo Patriarca San José,
que todo un Dios se haya dignado
darse en alimento á mi alma?
¿Es posible que el dulcísimo Jesús
se haya unido a mí,
haciéndome participante
de su santísimo cuerpo?
Así es: y yo,
miserable y pecadora criatura,
por medio de la sagrada comunión,
acabo de recibir en mi interior
a aquel mismo Hijo del Altísimo
que Vos tuvisteis en vuestros brazos
y estrechasteis sobre
vuestro ardoroso corazón.
¡Infeliz de mí, que no sé yo acariciarle
con aquella ternura con que lo hicisteis Vos!
Que no sé yo adorarle
con aquella humildad y fervor
con que vos le adorasteis
al compás de los angélicos acentos,
que cantaban al recién nacido
Niño divino:
Gloria a Dios en las alturas
y paz en la tierra
a los hombres de buena voluntad.
