Mi especial protector San José,
tembloroso el corazón
y humillado el espíritu,
voy a acercarme a la sacrosanta
mesa eucarística.
¡Oh! me confundo al pensar
que he de recibir a mi Dios;
a Dios, que se digna
venir á mi alma para unirse con ella
de una manera tan íntima y tan afectuosa,
a Dios, que junto con la participación
de su santísima Humanidad me comunica
su propia divinidad, haciendo
a mi alma un espíritu con el suyo.
Soy indigno, más que indignísimo
de tanta fineza y de honor tanto.
¿Qué he de hacer? ¡Santo mío!
Deseo estrecharme con mi dulce Jesús;
Deseo estrecharme con mi dulce Jesús;
pero veo al mismo tiempo, a mi indignidad,
mi poco amor y mis ingratitudes,
y esto me espanta y desazona.
